Adiós para siempre…
No puedo creer. ¡Rayos! ¡Dios! Acabo de recibir la peor noticia del día. La más trágica. La que me está haciendo llorar. Sí. Estoy llorando sin consuelo, en esta fría habitación, a estas horas de la noche (12:29 pm). Ya nada me consuela, ni la soledad, ni los libros, ni el deseo inquebrantable de embrocarme una botella un vino. Ya nada. Te has ido, ya no estás, me has dejado, te he perdido. Si pues, has partido lejos, muy lejos, a donde sólo llegan los elegidos. Por eso estoy llorando, por eso quiero gritar de cólera y rabia, porque hace poco (¡maldita sea!) me acabo de enterar, por esa llamada telefónica, de tu alejamiento definitivo de esta corta vida. Y miren pues, qué rápido corren las noticias. Acaba de llegar mi madre envuelta en lágrimas y yo siento que el mundo se cae a pedazos.
¡Pero ya basta! No más lágrimas esta noche.
No puedo más.
Adiós para siempre.
Nunca te olvidaré y gracias por cuidarme cuando aún era un niño.
Buenas noches.
Nos vemos pronto. Espérame.
Ese es mi consuelo.


