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Caray… Dios mío, ¡qué hice! ¿Mimo yo?

Primeramente quiero pedir mil y un disculpas a todos los verdaderos mimos que hacen de este arte una verdadera profesión. Sí pues, tuve el atrevimiento y descaro de pintarme la cara, ojos y labios para aparentar ser uno de ellos. Hacer gestos inentendibles y lanzarme al escenario con camisa, chaleco y corbata roja.

El drama no fue sencillo, fue como buscar cinco pies al gato con botas.

 Y ahí estamos con Frida y Sonia (claro, ellas profesionales en esta materia).

“El Suicida” fue la interpretación que duró más de ocho minutos, todo un martirio para quien escribe, un calvario, una verdadera tragedia griega que me hizo convencer que para estas cosas es mejor contratar a un verdadero actor.

¿Mimo yo?

Al final, con algunos aplausos y rostros de alegría, culminó aquel movimiento dramático. Yo corrí al baño (felizmente estaba abierto) y por fin pude respirar con tranquilidad. No era un sueño, ni una simple actuación cotidiana. Miré por última vez mi rostro blanquecino, mis ojos delineados y lancé un gesto de alegría, paz y reconciliación con mi verdadero yo.

Sin duda, fue una linda experiencia, que de seguro jamás se repetirá. Eso me consuela enormemente.

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