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PILAR

¿Pilar y yo? No, nada que ver.

En la Universidad, tuve mi quinto amorío fugaz. Una mala experiencia que me hizo padecer con arrepentimiento aquella relación de dos horas. Ella se llamaba Pilar. Jamás supe sus apellidos.

Ese año conocí a Pilar. ¡Dios, líbrame de todo mal! Pilar era gorda, no era una gordita agraciada, era una gorda desgraciada. Me decía, sin tapujos y delante de amigos y profesores: ¡narizón! Trágicamente mi prolongada y fina nariz crecía a un ritmo acelerado, a mil por hora creo.  – ¿Han visto al narizón? ¿Viste a pinocho? Ya vez, eso te pasa por mentiroso –. Al principio fue trágico. Llegué a utilizar gorras con larga visera para disimular el tamaño y la bestialidad de mi nariz. Tuve compañeros que en son de broma me decían  “Huascarán”, por tener el pico más grande del Perú. Otros me decían: perfil de caño, pacolo, nariz con codo, nariz con rodilla. Creo que superé todos los records en chapas y apodos. Una mañana un amigo, que también coleccionaba apodos, me dio un secreto. – Cómprate lentes de descanso como yo –. Él utilizaba lentes con montura plateada y se los ponía con elegancia a la mitad de la nariz. Claro, yo, familiarizado con esas proporciones, no noté la disminución. En fin. No compré los lentes y decidí afrontar con gallardía aquel montículo que el destino puso en mi cara. A cada broma, yo le ponía la sazón. Reía alegremente cuando alguien hacía alusión a mi nariz. La estrategia funcionó y dejé de preocuparme. Ahora todos me decían: Pedrito Narico, o simplemente, Pedrito.

Una tarde, ayudado  por el Internet y el Messenger, me encontré con Pilar, a las tres de la tarde, en el Parque Universitario. Una cita perfecta “para contarle todo lo que sentía por ella”. Claro que, entre ella y yo, no había un salpicón de amor. Sólo era un incidente que ambos, inconscientemente, creamos frente a la computadora.

-Ya dime, qué es lo que me quieres decir –. Ella inició la conversación. Estaba apurada, impaciente y no había tiempo que perder. Entonces por primera vez me mandé, o mejor dicho, confesé mi amor por ella. ¿Para qué? No sé. Creía que me iba a chotear. – Nunca en mi vida sentí algo así, es como un calambre que me está matando, enserio, estoy profundamente enamorado de ti. No sé cómo empezó, ni cuándo, ni dónde, ni para qué, pero siento eso. A veces me quiero desmayar cuando te veo, como ahora, creo que estoy pálido. ¿Estoy pálido? –. Ella sonreía y eso me alegró. Yo seguí. – Mira, yo no tengo bienes, ni herencia, ni casa, ni carro, pero puedo ofrecerte algo valioso. Te ofrezco mi amor, mi apoyo, comprensión y si quieres, te bajo una estrella. Dime, cuál quieres, ahora mismo subo al cielo –. Yo levanté la mirada y ella empezó a matarse de risa. – Por eso, Pilar, quiero pedirte esta tarde fría, aquí, en este parque, si quieres ser mi enamorada; no seas mala con este pobre y terco corazón que está muriendo lentamente –. La sujeté de las manos con cariño fingido y me acerqué hacia ella para recibir el ¡NO! e irme a casa por el atrevimiento descarado. Pero eso no ocurrió. Ella sacó un papel y un lapicero y me preguntó. – ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? –. Moví la cabeza en señal de afirmación. En ese instante, increíblemente, Pilar hizo una larga lista de requisitos y condiciones para estar con ella. ¿Qué?, ¿pero qué se cree? Entre las tantas condiciones había algunas como por ejemplo: No buscarla en época de exámenes, no interrumpir si ella estaba con sus amigas, no llamar por teléfono a su casa, no sentir celos, no engañarla, decir siempre la verdad, no llegar tarde a clases, no besarla en clases, y un largo etcétera. ¿Cómo?, ¿acaso eran los mil mandamientos? Sólo faltaba que ponga: No tendrás dioses ajenos delante de mí, y honra a tu padre y a tu madre. ¡Por Dios! Pero yo seguí la corriente y acepté todo, e incluso me atreví a firmar aquel papel color rosa. Puesta mi rúbrica reclamé con justo derecho un beso y así fue. Esa tarde de setiembre, en una banca de cemento, con un frío decoroso, Pilar se convirtió en mi quinta enamorada. Claro que esa nueva relación, no sólo estaba destinada al fracaso, sino a convertirse en un eterno secreto. Nade debía enterarse. ¡Cómo puede ser!, ¿Pedrito Narico con Pilar?, ¡horror!, ¡tierra, trágame! Pilar parecía  trabajar en una curtiembre. Olía a cuero, sus manos eran gruesas, de uñas oscuras; duras pantorrillas, glúteos gelatinosos y extensa cintura. Su rostro era una censura a la belleza femenina. Ojos pequeños, negros; piel oscura por naturaleza, cuello corto grueso,  nariz pequeña y labios partidos. Pero, ¡oh sorpresa!, ocurrió algo inesperado.

Aquel parque se había convertido en nuestra trampa mortal: Nos asaltaron. Fueron dos desnaturalizados, que con el cuento del caramelo, nos dejaron prácticamente calatos. Afortunadamente, y para mi suerte, también nos robaron aquel documento color rosa, con todas esas cláusulas, que daba fe a nuestro amor eterno. – Voy a contar hasta diez y quiero que desaparezcan –, gritó uno de ellos e inició la cuenta. Corrimos seis cuadras sin parar, ella empezó a temblar y a odiarme. Sus ojos crecieron como de las un toro furioso. No intercambiamos una sola palabra hasta que ella, de un salto feroz, subió a una combi y huyó atemorizada. Yo quedé quieto como tres minutos y luego, a paso ligero, luego de tres horas, llegué a mi casa.

Al día siguiente, Pilar no me reprochó, ni siquiera nos saludamos. Todo había retornado a la normalidad. Sentado en mi carpeta, agradecí a esos malhechores por llevarse el documento que me convertía en el enamorado de Pilar. Respiré hondo, tranquilo y lancé una risa de felicidad.

PD. Texto elaborado y dedicado a mi amigo Pablito, que luego de contarme su historia “amorosa”, me pidió (casi suplicando) que lo escriba y suba a este blog.
Ya está, misión cumplida, aunque creo que exageré en algunas cosas. Ups.

Un pensamiento en “Mi quinto amorío fugaz

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