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Pelea De Gallos. Art: Riccardo Zullian

Pelea De Gallos. Art: Riccardo Zullian

Alfredo no lo podía creer. ¿El Caballero Carmelo está vivo? La noticia corrió sin fronteras. Esa misma noche decidió ir a la casa de Doña Catalina para conocer al gallo. No puede ser. Debe haber una equivocación. Seguro es una farsa. Alfredo Castillo Rojas era un hombre tercamente incrédulo, pero cuando vio al animal, una rara sensación corrió por sus venas. La anciana prendió la luz y el gallo empezó a caminar. Era alto, musculoso, esbelto, de mirada desafiante. Sus piernas, a simple vista, eran duras. Su pecho crecido, cuello erguido y cabeza afilada. Era, sin duda, uno de los gallos más hermosos que existía en la zona. Su presencia causaba respeto. El Carmelo, que así se llamaba, dio tres pasos más, agitó sus alas y ¡Cocorocóooooo!, cantó estentóreamente. Los ojos de Alfredo latieron de emoción. Toda su vida pensó que aquella lucha entre el Carmelo y el Ajíseco era sólo una invención de Abraham Valdelomar. Doña Catalina dios tres pasos hacia atrás, empujó la puerta y apagó la luz.

Ya en la habitación, Alfredo conoció la verdadera identidad del gallo. Doña Catalina, de 80 años aproximadamente, sacó de un baúl varias fotografías de aquella reñida contienda. También guardaba afiches, volantes e incluso recortes periodísticos que daban fe de lo ocurrido. De pronto Doña Catalina enmudeció, acarició las imágenes con ternura y un hondo suspiro salió de sus entrañas. La anciana inclinó la cabeza, cogió su rostro y un sollozo húmedo murió en su cuerpo. Alfredo notó que dos lágrimas gruesas cayeron al piso. Afuera, en el patio, el Carmelo, sacudió sus alas y volvió a cantar.

Siete días después, Alfredo Castillo visitó nuevamente a Doña Catalina. La curiosidad por estar cerca al gallo no lo dejaba dormir. Su angustia crecía y sus pensamientos giraban en torno al Carmelo. Había leído más de diez veces el cuento de Valdelomar. Le parecía simplemente genial, pero de pronto, otra vez, la misma incertidumbre calaba sus pensamientos. “¿Y si es falso?, ¿y si es un gallo cualquiera?, ¿y si tontamente estoy cayendo en el juego de la anciana?”.

***

Doña Catalina apenas podía movilizarse. Su cansancio era notorio. Su voz, sus pisadas, sus gestos, su sonrisa y hasta su sombra se desvanecían lentamente. Los años habían dejado en su rostro las huellas del tiempo vivido: pronunciadas arrugas y pequeñas manchas oscuras. Lo único intacto que conservaba desde su niñez eran sus ojos, esos ojos brillantes y claros, ojos vivos y frescos.

Ella era de Caucato, vivía casi siempre desapercibida, hasta que surgió la noticia del gallo. Desde entonces cientos de personas visitaban su casa. Escritores, poetas, periodistas, músicos, autoridades, estudiantes y turistas. Todos querían conocer al Carmelo. A cambio, la anciana recibía una donación voluntaria para alimentar al animal y de paso alimentarse ella también.

La fama del gallo cruzó suelo nacional. Su cuerpo e historia, de luchador a muerte, de guerrero invencible, fue valorizado en cantidades supremas. Un hombre le ofreció más de cinco mil soles por el animal. La anciana rechazó la oferta. Otro tipo alto y robusto ofreció una chacra inmensa y una vivienda digna para la dueña del gallo. Doña Catalina no aceptó. Ella era tajante. Sólo tenía una respuesta: ¡El Caballero Carmelo no se vende!

***

Desde que vio al insigne animal, Alfredo Castillo tenía un solo pensamiento que le martillaba la cabeza: que el Carmelo pelee con otro gallo de alta alcurnia. Sólo así podría desbaratar sus dudas. Tal vez por eso, y sin la autorización de la dueña, Alfredo pactó un duelo a muerte entre el Carmelo y el Colorado, otro gallo fornido, valentón y de pulcro linaje. Tenía el plumaje limpio, de azul y verde tornasolados que le centelleaban en la cola.

Cuando nuevamente la anciana y Alfredo se reencontraron, éste le suplicó que le vendiera al animal. Ella no aceptó. Alfredo por primera vez en su vida sintió una impotencia descomunal. Agachó la cabeza y quiso llorar. La anciana, conmovida por la escena, aceptó su pedido. El Carmelo nuevamente iba ser el héroe de la comarca. Los ojos de Alfredo brillaron de alegría. De pronto, Doña Catalina, con su voz opaca, débil y afónica, pronunció las palabras que nadie hubiese querido escuchar: El Carmelo no sabe pelear.

***

Desde entonces, todos los días, Alfredo decidió entrena al gallo. Había que realizar la rutina de los careos. El gallo era llevado al centro del terreno y ahí peleaba con otro gallo durante 10 ó 15 minutos, zumbando en el aire y asaltándose con odio, pero sin dañarse. El Carmelo, indudablemente, no sabía pelear. Después, Alfredo lanzaba al Carmelo al aire varias veces, a metro y medio del suelo, y lo dejaba caer. “Para que coja fuerza en las piernas”, decía.

El día de la pelea, 28 de julio, el coliseo lucía repleto. Dos gladiadores iban a enfrentarse a muerte. ¡Voy 50 al Colorao! ¡Cien al Carmelo, cien; cien al Carmelo! El ruidoso clamor de las apuestas no cesaba. De pronto el juez hizo sonar la campanilla. La multitud empezó a aplaudir. El Carmelo recibió los primeros golpes. El Colorado, que era ágil y versado, inició con una seguidilla de brincos y ataques certeros. El Carmelo era derribado una y otra vez.

Súbitamente el Carmelo recibió en el ojo izquierdo un picotazo violento y quedó medio ciego. Sus ojos lagrimaban, no veía a su rival. Doña Catalina quería gritar, pero su débil voz se perdía en la multitud. Ella también lagrimeaba. Por un segundo, el ruido cesó. El Carmelo agitó sus alas. Su cara era la imagen misma del coraje, de gallo fino de Caucato. Era su último intento. El Carmelo, como un soldado herido, saltó sobre su rival y de una estocada dejó muerto a su enemigo. La gente comenzó a gritar: ¡Viva el Carmelo!, ¡Viva el Carmelo! La anciana se acercó a su gallo. Ambos parecían llorar. El Carmelo ensangrentado yacía en el piso. Alejandro también se acercó, abrazó a la anciana y vio al gallo herido. Ella, bañada en lágrimas, apenas pudo hablar: Mi gallo no se llama Carmelo.

FIN

Autor: Jasson Ticona

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