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Carta a Mario Vargas Llosa (*)

 “…querido Mario, finalmente quiero felicitarle por el nuevo premio que ganó. Yo lloré de felicidad…”

Orlando dobló el papel, lo puso en un sobre y envió a la siguiente dirección: Las Magnolias 295 – Barranco – Lima – Perú.

Afuera hacía frío. Tres autos cruzaban por la calle. De pronto Rodrigo le preguntó: ¿Tú crees que Mario Vargas Llosa lea tu carta? Por un instante un crudo silencio envolvió a ambos. Orlando no quiso responder. Él tenía la plena certeza que su carta iba ser leída por Mario Vargas Llosa. No era una decisión antojadiza, ni una pronta locura. Lo había planificado con anticipación. Cada letra, cada palabra, cada detalle estaba absolutamente premeditado. Esa noche, antes de dormir, Orlando Medina leyó nuevamente la copia de su carta, respiro hondo y se sintió feliz. Apagó la luz y cerró los ojos.

***

Todas las tardes, sobre todo los fines de semana, Orlando veía el buzón de cartas. Creía que ahí iba encontrar la respuesta a su escrito. Habían pasado más de ocho meses y nada, ni una sola respuesta, ni una línea, ni una letra, nada. ¿Un Premio Nobel de literatura tendrá tiempo para responder una carta? La pregunta le era desfavorable. Todos sus compañeros del colegio se habían enterado. El chisme corrió sin fronteras. Sus profesores decían que era una locura, una ilusión. “¡Pobre soñador! Qué penita, que sueñe nomás, ¡qué tiernito!”. En su barrio, en un inicio, su apodo era Varguitas, luego Cuellar, después Pichulita Cuellar, ¡Pichulla cuellar! ¿Por qué te dicen Pichula Cuellar?, le preguntó un día su padre. “Es un apodo horrible, ¡hazte respetar carajo!”, le gritó. Orlando no respondió, agachó la cabeza, corrió a su cuarto y sacó la carta enviada a Mario Vargas Llosa, quiso romperla, se contuvo, dobló el papel y lo guardó junto a sus libros. Poco a poco, aquella esperanza de recibir una respuesta, se fue diluyendo. Tal vez por eso, una mañana, salió de su casa caminando a la deriva, desesperanzado. De pronto su anhelo renació. La portada de un diario decía: “Mario Vargas Llosa llegará a Arequipa”. Letras más abajo se leía: “Celebrará su cumpleaños en su tierra natal”. Ese mismo día Orlando averiguó el itinerario del Nobel de Literatura y planificó, una vez más, aquello que sería el encuentro definitivo.

***

La mañana de aquel 24 de marzo, efectivamente, llegó Mario Vargas Llosa a Arequipa. Todo el aeropuerto lucía repleto. Autoridades, escritores, periodistas, seguidores y admiradores, todos hacían el mayor esfuerzo para estar cerca del galardonado. “Vengo con mi familia para festejar mi cumpleaños, aquí en mi tierra”, dijo Vargas Llosa ni bien descendió del avión. Subió a una camioneta negra, de lunas polarizadas y partió. Sólo los periodistas lo siguieron. El rumbo era incierto. Orlando, que apenas pudo ver la blanca cabellera de su escritor, quedó quieto, mudo, pálido, tal vez por la desilusión de no acercarse más o quizá por la emoción de ver a uno de sus escritores favoritos, el mejor, el único, o como él mismo sentenciaba: el más, más. Había preparado un cartel de colores que decía: “Mario, bienvenido a tu tierra”, incluso lo había levantado tan alto, pero nadie se dio cuenta. La cantidad de personas era increíble. Su gesto cariñoso pasó desapercibido.

En la noche, ya en su casa, tendido en su cama, decidió escribir una pequeña carta que terminaba así.

…Hoy lo vi Don Mario, por primera vez. Me emocioné, no pude acércame más, le hice un cartel de bienvenida, pero la gente tapó todo con sus largas espaldas…

Bienvenido a tu tierra.

Atentamente “Pichulita Cuellar” (Orlando Medina)

PD: Le envié una carta hace diez meses. Espero que lo haya leído.

***

Al día siguiente Mario Vargas Llosa viajó al Colca. Quería conocer uno de los cañones más profundos del Perú. Luego tuvo reuniones protocolares y agasajos en la ciudad. Orlando, convertido en un fiel seguidor, siguió cada paso que daba el escritor, pero sin resultados positivos. “No puede ingresar, la reunión es privada. Sólo entran con pase”. “No jovencito, no puede entrar”. “No señor, sólo entran las autoridades”, le decían. Orlando retrocedía, sonreía y esperaba hasta que la reunión termine, afuera, parado, sentado, de frío. “¡Qué importa, vale la pena!”, se decía. Pero siempre ocurría lo mismo. La misma camioneta polarizada, negra, ocultaba y trasladaba al famoso novelista.

El 28 de marzo se anunció que en el Cono Norte de Arequipa, en ese alejado arenal deshabitado, el laureado escritor iba celebrar su cumpleaños 76. Orlando, convencido que ahí sería el encuentro esperado, partió al Cono Norte, pero nuevamente, otra vez, su intento fue un fracaso. Se perdió en el camino. ¡Diablos! Pasadas las dos de la tarde, Orlando llegó al lugar, pero era inútil. Apenas tres mozos recogían los manteles blancos de una larga mesa. Al fondo, envueltas en polvo, varias camionetas retornaban al centro de la ciudad. Por primera vez Orlando quiso llorar. Una rara sensación de frustración e impotencia nubló sus ojos. Nuevamente quedó parado, mudo y apenado.

La noche del 28 de marzo, era su último intento. Mario Vargas Llosa iba estar en la premiación de un concurso literario, en el centro de Arequipa. Orlando llegó al lugar con dos horas de anticipación. Se sentó en la cuarta fila y ensayó, imaginariamente, cómo iba ser su encuentro. Esta vez, advertido por la cantidad de asistentes, sólo quería estrecharle la mano, nada más, ¿para qué recordarle sobre su dichosa carta?, ¿para qué?, tal vez ni leyó. No era el momento, ya no. En ese preciso instante recordó todo lo que había hecho hasta entonces, incluso la pelea que tuvo con su amigo Rodrigo cuando éste se burló de su carta. Recordó a su madre que le dijo: “Orlandito, la espera vale la pena, no te rindas hijito”. También recordó las palabras de su padre: “Pichula cuellar, hazte respetar y mételes un puñete a esos maricones concha sus mares”. Recordó también la primera vez que leyó “La ciudad y los perros”, un libro grueso de páginas livianas. Tal vez por eso, ese año, pidió a su mamá que lo matricule en el Leoncio Prado de Lima. “¡Estás loco bebé, sobre mi cadáver!”, replicó su madre. “¡Para que te hagas hombre! Vieja, ¡deja que Orlando elija su camino!”, gritó su padre. ¿Pero quién pagaba la matrícula, la luz, el agua, el cable y el Internet? Orlando continúo en el Neftalí. De pronto todos sus recuerdos se detuvieron. Los aplausos crecieron. Era Mario Vargas Llosa.

Orlando tenía en su mano la nueva carta que había escrito. Estaba decidido a entregárselo. Más de una hora duró aquella ceremonia de premiación. Mario Vargas Llosa lucía elegante, sonriente, feliz. Orlando se acercó hasta donde estaba el Nobel de Literatura. “¡Mario!”, le gritó. “¡Mario!” El escritor volteó y no pudo divisar aquella fina voz infantil, regaló una sonrisa a toda la multitud, un gesto amable con su mano derecha y volteó. Orlando quiso acercarse más y un hombre de estatura elevada lo detuvo. Fue todo lo que pudo hacer esa noche. Al llegar a su casa, revisó una vez más el buzón de cartas y encontró un sobre blanco, blanquito, lo cogió ansioso, se acercó a una zona iluminada, no podía creer, quiso llorar, sus ojos acuosos se cargaron de lágrimas. En el sobre decía: Para Orlando Medina. Líneas más abajo se leía: Con afecto de Mario Vargas Llosa. Ingresó raudamente a su cuarto, se abalanzó a su cama, su emoción crecía, rompió con cuidado el sobre. Era una carta tipiada a computadora. Pulcramente escrito, sin manchas, ni borrones. Era, efectivamente, una carta con el nombre de Mario Vargas Llosa. Orlando, se contuvo, con su voz de niño, quebrada por la emoción, empezó a leer, lentamente. De pronto una gota de lágrima cayó sobre la carta.

***

Al día siguiente el escritor arequipeño retornó a Lima y luego viajó a España. Nunca pudo conocer a Orlando Medina, tampoco leyó su carta.

(*) Cuento premiado en los Juegos Florales Universitarios 2013 – Universidad Nacional de San Agustín

cuento premiado

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