Jassonxt

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Alejado del periodismo

Hoy tuve un sueño rarísimo. No soñé con mujeres, ni con bebidas embriagadoras; tampoco soñé con el delirio de ser un millonario mujeriego. Nada de eso. Fue un sueño, y ahora que reflexiono, el preludio de mi triste y trágica vida.

Como de costumbre, rendido por el cansancio y con una tasa de mate en el estómago, me acosté pasadas las once de la noche. Ni bien cerré mis ojos, sentí que mi cuerpo se desvanecía, mis manos perdieron su fuerza y mi corazón –literalmente– dejó de palpitar. Fue ahí, tendido en esa cama de plaza y media, que soñé lo que a continuación escribo.

Caminaba por el centro de Arequipa. Según ese sueño, yo era un fumador despiadado, iba por el quinto Hamilton y en mis oídos retumbaba la voz de León Gieco y sus “Hombres de Hierro”. Todo era tan normal como el día anterior, hasta que de pronto, absorbido por aquella extrañeza, quedé pálido. De lejos, en un puesto de periódicos, vi algo que llamó mi atención a cabalidad. Era algo extremadamente raro. Tiré mi cigarrillo y apresuré mis pasos para verificar lo que mis ojos habían descubierto. En esa maraña de periódicos que exponen con orgullo noticias trágicas y escandalosas, había uno que -sin precio- exhibía lo que por años quise ver. Era la portada de un diario extraño.

Recuerdo que abrí bien mis ojos y respiré de felicidad. Aquel diario, un tabloide para ser exactos, tenía el corazón limpio y el alma pura. No era como el resto. Bastaba ojearlo para sentir paz y tranquilidad. Era, sin duda, el mejor diario que había visto en toda mi vida. Era, y lo digo con absoluta seguridad, el diario que no informaba. En medio de violaciones, asesinatos, actos de corrupción, sangre, sexo y de más excitaciones pueriles, aquel diario, de aparente quietud, sólo mostraba con delicadeza sus páginas en blanco. Sí. Era la aglomeración de hojas limpias, libre de contaminación. Ni una sola palabra, ni sola foto, ni una coma, ni una mancha. Todo era blanquito.

Ahora que estoy lúcido, recuerdo con temor y ansiedad aquella penosa confusión. No creo en los sueños, pero pronostico que eso, más temprano que tarde, sucederá. Un alejamiento, prolongado del periodismo. Un hasta luego o tal vez un hasta pronto. Desde hoy soy como aquel diario que muestra con orgullo sus páginas en blanco. Eso me duele profundamente.

YA TE HAS IDO

YO

Estoy triste. Mi voz se quiebra lentamente
y por mis mejillas recorren, las primeras lágrimas de la noche.

Cuánto quisiera que esto sea un sueño,
un sueño que al despertar cogido de tus manos,
sienta tu calor que me diga que no te has ido.

Cuánto quisiera que al cerrar y abrir mis ojos,
te encuentre a mi lado para besar tus suaves labios.

¡Qué dolido se encuentra mi alma!
Mis manos lloran tu partida.
Mi corazón calla y no respira.

Tal vez tenga que vivir de aquellos recuerdos.
Tal vez empiece a morir sin un solo consuelo.

¡Qué tristeza hay en mi cuerpo!
Tanta nostalgia recorre por mis huesos.
Ya te has ido, ya no estás, te has marchado, has partido.

Qué será de mí, mañana cuando amanezca.
Qué haré sin ti, si hoy ya estoy sufriendo.

Ya no escucharé tu sonrisa, ni veré tu mirada.
Ya no sentiré tus pasos, ni tocaré tu cuerpo.
Ya te has ido vida de mi vida, ya no estás, te he perdido.

Quisiera reírme pero no puedo. Sigo triste
y por mis mejillas aún recorren, mis lágrimas dolidas.

PD. Agradecer a un amigo porque luego de contarle mi trágica historia, me envió esta canción… Y claro, imposible que la olvide, eso jamás… Nunca te olvidaré amorcito. 

¿CÓMO VIAJAR GRATIS EN UNA COMBI O BUS?

Muchos se reirán y dirán que eso es imposible. -No pues, en la vida, amigo-. Otros dirán que eso sólo puede ocurrir si eres el chofer o cobrador. Pero no. Acabo de “descubrir” la fórmula perfecta para viajar gratis en una combi o bus, sea cual fuese el destino, la distancia, la hora o lugar. Lápiz y papel y apunten todo. Pero eso sí: prohibido reírse.

Por: Jasson Ticona

Cortesía: El Buho

Hasta hace poco estaba tumbado en mi cama, un poco triste, preocupado y renegando por cosas que siempre ocurren en esta vida. En ese instante recordé aquella mala tarde, cuando tras gritar: “¡baja esquina!”, noté la flacura de mi bolsillo y la desazón de no tener ni un cobre para pagar. ¡Imagínense! ¡Dios mío! En aquella oportunidad –literalmente– quedé congelado. En ese instante me invadieron una serie de ideas macabras para salir airoso de ese vehículo.

Quise ser un ex recluso

Lo primero que quise hacer fue caminar lentamente hacia la puerta y fingir que soy un ex recluso que acaba de salir de algún penal de mala reputación. “Una moneda no te llevará a la pobreza, ni mucho menos a mí a la riqueza”. Quería mostrar mis cicatrices o en el peor de los casos, conseguir una aguja o alambre oxidado para clavármelo en la lengua, brazos o estómago. Todo sea por una buena causa: no pagar los 0.70 céntimos. Obviamente este plan no funcionó. Ni tengo cicatrices, ni mi fisionomía se asemeja a la de un ladrón o malhechor.

Quise ser el cobrador

Entonces, pensé en otro plan. Quise fingir de cobrador. Ir al fondo del carro, estirar la mano y susurrando decir: “Pasajes, por favor, sus pasajes”. Bastaba que un pasajero me diera lo necesario para abandonar ese vehículo. Pero tampoco funcionó. ¡Diablos! Me dio miedo. Y si alguien me da  diez soles, ¿qué demonios hago?, ¿de dónde saco su vuelto?

Ese maldito carro picó y se alejó de mi paradero. A seguir pensando.

¿Y si digo que soy un artista folclórico?

¡Ya sé! Voy aparentar ser un artista folclórico. Ellos viajan gratis. Empezaré agradeciendo al chofer y cobrador por permitirme subir a su unidad para compartir, a capela, unos cuantos huaynos ayacuchanos. Total, creo que tengo buena voz y así fácil que sacó más de lo necesario. Cuando estaba a punto de dar rienda suelta a mi talento musical, recordé que de huaynos ayacuchanos no sé ni michi, menos de cumbias, ni de vals. En realidad no sé de memoria ninguna canción. ¡Rayos!

El cuento del enfermo

¿Y si me hago el enfermo? ¿Y si me toco el corazón y empiezo a temblar, luego me tumbo en el piso y pataleo como loco? Eso sí funcionaría. Por lástima o pena me botarían del carro. Algunos dirían que me falta oxígeno. “Pobre joven, debe estar mal del corazón”. No. No me atrevo. Y si en pleno acto teatral se me sale una carcajada. Mejor, sigo pensando.

“Agarren a ese ladrón”

¡Genial! Esta sí no falla. ¡Ya sé! Gritaré desde mi lugar. “¡Mierda, me robaron mi billetera, agarren a ese ratero!, ¡agárrenlo!”. Señalaré a alguien que ya bajó del carro y empujando al cobrador, emprenderé una rápida e imaginaria persecución. Para que nadie sospeche de mi estrategia, puedo incluso ponerme en guardia como queriendo pelear con el supuesto ladrón. Una vez que el carro se aleje le pido disculpas y le digo que todo fue una confusa confusión. Así no pago el pasaje y me voy feliz y contento. Pero no creo. Y si me tildan de loco y por ahí aparece un “tombo” y me mete vara. ¡Qué miedo!

El dormilón

Mejor me hago el dormido y cuando el cobrador me despierte, abro mis ojos de rabia y furia porque supuestamente me pasé de mi paradero. Entonces insultando a todo el mundo me bajo sin pedir explicaciones. Eso podría resultar. Y si el cobrador me despierta en el paradero final, ¿cómo demonios regreso?

“El carro se quema”

Mejor pego un grito al cielo diciendo que el carro se está incendiando. “¡Incendio!, ¡se quema el carro!, ¡CARAJO! ¡Paren el carro! ¡Paren el maldito carro!” Claro que yo seré el primer en abandonar el vehículo todo asustado e incluso tosiendo. Una vez alejado de aquel fingido siniestro, me puedo matar de risa e irme silbando. Y si al darse cuenta, el chofer, cobrador y todos los pasajeros me alcanzan para lincharme. ¡Uyuyuy! Sería el fin de mi existencia.

Bueno, bueno, bueno, ya tienen varias estrategias o tácticas para viajar gratis. Con un poco de firmeza  o terquedad, lo pueden conseguir. Si son gordos, usan lentes oscuros y tienen bigotes pueden pasar como policías. Hay miles de formas para viajar gratis. ¿Y qué hice aquella tarde para no pagar mi pasaje? Hice lo más sensato: ser sincero. “amigo me olvidé mi pasaje, no tengo ni un cobre”. Bastaron esas palabras para abandonar aquel vehículo. Al final, igual tuve que caminar. ¡Rayos!

Adiós para siempre…

No puedo creer. ¡Rayos! ¡Dios! Acabo de recibir la peor noticia del día. La más trágica. La que me está haciendo llorar. Sí. Estoy llorando sin consuelo, en esta fría habitación, a estas horas de la noche (12:29 pm). Ya nada me consuela, ni la soledad, ni los libros, ni el deseo inquebrantable de embrocarme una botella un vino. Ya nada. Te has ido, ya no estás, me has dejado, te he perdido. Si pues, has partido lejos, muy lejos, a donde sólo llegan los elegidos. Por eso estoy llorando, por eso quiero gritar de cólera y rabia, porque hace poco (¡maldita sea!) me acabo de enterar, por esa llamada telefónica, de tu alejamiento definitivo de esta corta vida. Y miren pues, qué rápido corren las noticias. Acaba de llegar mi madre envuelta en lágrimas y yo siento que el mundo se cae a pedazos.

¡Pero ya basta! No más lágrimas esta noche.

No puedo más.
Adiós para siempre.
Nunca te olvidaré y gracias por cuidarme cuando aún era un niño.

Buenas noches.

Nos vemos pronto. Espérame.

Ese es mi consuelo.

Mi quinto amorío fugaz

PILAR

¿Pilar y yo? No, nada que ver.

En la Universidad, tuve mi quinto amorío fugaz. Una mala experiencia que me hizo padecer con arrepentimiento aquella relación de dos horas. Ella se llamaba Pilar. Jamás supe sus apellidos.

Ese año conocí a Pilar. ¡Dios, líbrame de todo mal! Pilar era gorda, no era una gordita agraciada, era una gorda desgraciada. Me decía, sin tapujos y delante de amigos y profesores: ¡narizón! Trágicamente mi prolongada y fina nariz crecía a un ritmo acelerado, a mil por hora creo.  – ¿Han visto al narizón? ¿Viste a pinocho? Ya vez, eso te pasa por mentiroso –. Al principio fue trágico. Llegué a utilizar gorras con larga visera para disimular el tamaño y la bestialidad de mi nariz. Tuve compañeros que en son de broma me decían  “Huascarán”, por tener el pico más grande del Perú. Otros me decían: perfil de caño, pacolo, nariz con codo, nariz con rodilla. Creo que superé todos los records en chapas y apodos. Una mañana un amigo, que también coleccionaba apodos, me dio un secreto. – Cómprate lentes de descanso como yo –. Él utilizaba lentes con montura plateada y se los ponía con elegancia a la mitad de la nariz. Claro, yo, familiarizado con esas proporciones, no noté la disminución. En fin. No compré los lentes y decidí afrontar con gallardía aquel montículo que el destino puso en mi cara. A cada broma, yo le ponía la sazón. Reía alegremente cuando alguien hacía alusión a mi nariz. La estrategia funcionó y dejé de preocuparme. Ahora todos me decían: Pedrito Narico, o simplemente, Pedrito.

Una tarde, ayudado  por el Internet y el Messenger, me encontré con Pilar, a las tres de la tarde, en el Parque Universitario. Una cita perfecta “para contarle todo lo que sentía por ella”. Claro que, entre ella y yo, no había un salpicón de amor. Sólo era un incidente que ambos, inconscientemente, creamos frente a la computadora.

-Ya dime, qué es lo que me quieres decir –. Ella inició la conversación. Estaba apurada, impaciente y no había tiempo que perder. Entonces por primera vez me mandé, o mejor dicho, confesé mi amor por ella. ¿Para qué? No sé. Creía que me iba a chotear. – Nunca en mi vida sentí algo así, es como un calambre que me está matando, enserio, estoy profundamente enamorado de ti. No sé cómo empezó, ni cuándo, ni dónde, ni para qué, pero siento eso. A veces me quiero desmayar cuando te veo, como ahora, creo que estoy pálido. ¿Estoy pálido? –. Ella sonreía y eso me alegró. Yo seguí. – Mira, yo no tengo bienes, ni herencia, ni casa, ni carro, pero puedo ofrecerte algo valioso. Te ofrezco mi amor, mi apoyo, comprensión y si quieres, te bajo una estrella. Dime, cuál quieres, ahora mismo subo al cielo –. Yo levanté la mirada y ella empezó a matarse de risa. – Por eso, Pilar, quiero pedirte esta tarde fría, aquí, en este parque, si quieres ser mi enamorada; no seas mala con este pobre y terco corazón que está muriendo lentamente –. La sujeté de las manos con cariño fingido y me acerqué hacia ella para recibir el ¡NO! e irme a casa por el atrevimiento descarado. Pero eso no ocurrió. Ella sacó un papel y un lapicero y me preguntó. – ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? –. Moví la cabeza en señal de afirmación. En ese instante, increíblemente, Pilar hizo una larga lista de requisitos y condiciones para estar con ella. ¿Qué?, ¿pero qué se cree? Entre las tantas condiciones había algunas como por ejemplo: No buscarla en época de exámenes, no interrumpir si ella estaba con sus amigas, no llamar por teléfono a su casa, no sentir celos, no engañarla, decir siempre la verdad, no llegar tarde a clases, no besarla en clases, y un largo etcétera. ¿Cómo?, ¿acaso eran los mil mandamientos? Sólo faltaba que ponga: No tendrás dioses ajenos delante de mí, y honra a tu padre y a tu madre. ¡Por Dios! Pero yo seguí la corriente y acepté todo, e incluso me atreví a firmar aquel papel color rosa. Puesta mi rúbrica reclamé con justo derecho un beso y así fue. Esa tarde de setiembre, en una banca de cemento, con un frío decoroso, Pilar se convirtió en mi quinta enamorada. Claro que esa nueva relación, no sólo estaba destinada al fracaso, sino a convertirse en un eterno secreto. Nade debía enterarse. ¡Cómo puede ser!, ¿Pedrito Narico con Pilar?, ¡horror!, ¡tierra, trágame! Pilar parecía  trabajar en una curtiembre. Olía a cuero, sus manos eran gruesas, de uñas oscuras; duras pantorrillas, glúteos gelatinosos y extensa cintura. Su rostro era una censura a la belleza femenina. Ojos pequeños, negros; piel oscura por naturaleza, cuello corto grueso,  nariz pequeña y labios partidos. Pero, ¡oh sorpresa!, ocurrió algo inesperado.

Aquel parque se había convertido en nuestra trampa mortal: Nos asaltaron. Fueron dos desnaturalizados, que con el cuento del caramelo, nos dejaron prácticamente calatos. Afortunadamente, y para mi suerte, también nos robaron aquel documento color rosa, con todas esas cláusulas, que daba fe a nuestro amor eterno. – Voy a contar hasta diez y quiero que desaparezcan –, gritó uno de ellos e inició la cuenta. Corrimos seis cuadras sin parar, ella empezó a temblar y a odiarme. Sus ojos crecieron como de las un toro furioso. No intercambiamos una sola palabra hasta que ella, de un salto feroz, subió a una combi y huyó atemorizada. Yo quedé quieto como tres minutos y luego, a paso ligero, luego de tres horas, llegué a mi casa.

Al día siguiente, Pilar no me reprochó, ni siquiera nos saludamos. Todo había retornado a la normalidad. Sentado en mi carpeta, agradecí a esos malhechores por llevarse el documento que me convertía en el enamorado de Pilar. Respiré hondo, tranquilo y lancé una risa de felicidad.

PD. Texto elaborado y dedicado a mi amigo Pablito, que luego de contarme su historia “amorosa”, me pidió (casi suplicando) que lo escriba y suba a este blog.
Ya está, misión cumplida, aunque creo que exageré en algunas cosas. Ups.

Trece días en la FIL Arequipa 2011

Fueron trece días, como aquel número que me encanta, como aquel número que -no hace mucho- una ex congresista lucía con orgullo en toda la nalga. Trece días de intenso trabajo (si a eso se le puede llamar trabajo, porque, para ser sinceros, yo me divertí).

La idea, a simple vista, era fácil. La orden suprema era hacer entrevistas, filmar todo lo que se pueda, correr o volar a tu casa, editar, subir el video a YouTube, subir a la página oficial, dormir y esperar a que amanezca. Cosa no tan sencilla para alguien que acostumbra dormir a las 10 de la noche a más tardar.

Por eso al principio traté de inventar alguna escusa, pero no pude. “Jasson, queremos que nos apoyes…”, dijo una voz al otro lado del celular y yo, como siempre, “ya, no te preocupes, cuenten conmigo para todo”. ¿En qué lío me estoy metiendo?, me pregunté luego de cortar. En fin. Literalmente estaba con la soga en el cuello y condenado a ‘vivir’ en el Parque Libertad de Expresión, en donde se realizó la Tercera Feria Internacional del Libro – FIL Arequipa 2011.

Ya no quiero seguir con el aburrido testimonio que -de seguro- a nadie le interesa. Pero eso sí, sólo quisiera compartir con ustedes (fieles lectores) algunos videos que se hice, con mucho agrado, durante los 13 días de gloria.

VIDEOS Leer más…

3ra Feria Internacional del Libro (FIL)

- ¿Irás o no?
- ¡Qué!, ¡no irás!, ¡Qué!, ¡no sabías!, ¿cuál feria?

Claro que nosotros iremos y en mancha, no es muy lejos y habrá de todo.

Amó a los libros como a mí mismo, me gusta acariciarlos, olerlos, tocarlos y si en la tapa hay una chica desnuda, no dudo en besarlos. Y si el libro es de literatura o periodismo, mejor aún. Pero eso sí, deben ser originales.

Pues bueno, nuevamente se presenta en Arequipa la oportunidad de tener un reencuentro cara a tapa con aquellos ejemplares. Dicen que habrá de todo: libros de matemática, lenguaje, geografía, literatura, física cuántica, etc., etc., etc. ¿Libros de sexo? También, de eso ni lo duden.

Pero vayamos al grano. ¿Cuándo, dónde, y por qué tan caro?

Se trata de la Tercera Feria Internacional del Libro (FIL), actividad que se realizará del 22 de setiembre al 4 de octubre en las instalaciones del Parque Libertad de Expresión (Por la Universidad La Católica).

Hasta el momento hay más de cincuenta editoriales y librerías de reconocido prestigio a nivel nacional y latinoamericano han confirmado su presencia, ni qué hablar de escritores que llegarán para presentar su libro. Mejor chequeen la página web de la FIL que palabras me faltarían para describir a detalle lo que ocurrirá durante esos días.

- Entonces, vamos o no
- Sí, claro, ahora sí, de cajón.
- ¿Pero tienes plata?
- Sí.
- Así se habla varón, vamos.

Quiero escribir un cuento, pero no puedo

Hablemos de literatura
Un texto para una encantadora y bella mujer.

Hace poco, tumbado en mi cama, casi abrazado de aquel celular carmesí, decidí con agrado escribir un cuento. Sí. ¡Qué emoción!, otra vez a jugar con las palabras, hacerlas brincar, llorar y reír. Fue como una prolongada borrachera de media noche. Por un segundo olvidé mis insanas preocupaciones, cerré los ojos y en silencio celebré el prematuro nacimiento de aquel cuento incierto.

Ideas, vengan

Primero se lo conté a ella. “Escribiré un cuento”, le dije emocionado. No recuerdo si me felicitó, si se mató de risa o cambió de tema. Creo que dijo: “¡A mí qué me importa!”. Ella siempre responde así. Seguro que esa fue su respuesta, un gran aliciente para continuar en esa terca lucha de llenar páginas en blanco hasta llegar al punto final.

Con las ilusiones al tope, al día siguiente, muy de madruga, cogí todas las herramientas necesarias. “Hoy haré un cuento”, susurré mientras me acomodaba en aquella silla de madera. Cinto minutos después, el inquieto sueño de la noche anterior, me tumbó sin piedad. No pude empezar. ¡Qué ironía! Ni siquiera me atreví a impregnar la primera palabra. ¡Dios! ¡Rayos!

Luego de varios minutos de espera y cansado de contemplar al silencio y al frío aterrador, tomé una sabia decisión: seguir el ejemplo de Alfredo Bryce Echenique: plagiar. De inmediato junté varios libros de literatura, originales y copias, los esparcí sobre la mesa, y sonriendo con sarcasmo, rebusqué en aquellas páginas el hilo de la madeja, la idea que necesitaba, el inicio de aquel cuento. Pero nada. Ni las comas me servían, ni los sugestivos títulos, ni los inmensos párrafos llenos de metáforas. “No puedo”, dije rendido. Hoy no.

Palabras, vengan

Entonces comprendí que escribir un cuento, un poema, o una novela corta o larga, no es cuestión de decisiones apresuradas. Tampoco de altanerías nocturnas, como si fuese tan fácil. No. Y peor aún, no se trata de coger textos ajenos y copiarlos en su integridad. No. Es más que eso. Como alguien dijo: “Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto”, claro que es difícil, complicado, y no sé si yo, con este atrevimiento pueril, pueda escribir un cuento.

Por eso ahora, compañera del alma, dulce amiga y bella mujer, no sé si pueda cumplir con aquella promesa de escribir un cuento. Felizmente me respondiste: “¡A mí qué me importa!”. Mejor respuesta no puede haber y te lo agradezco infinitamente. Para ser sinceros, lo único que sé escribir es mi nombre y mal todavía.

Quizá mañana o más tarde intente nuevamente escribir el susodicho cuento. ¿De qué será? Ni yo sé. Pero eso sí, tenlo por seguro, que no pienso rendirme fácilmente en esta dura tarea. Haré aunque sea un cuento de tres o cuatro líneas y serás la primera persona que le dé el visto bueno o, en el peor de los casos, el visto malo.

Eso es todo por hoy…

EL CORTEJO FÚNEBRE

EL CORTEJO FÚNEBRE

El cortejo fúnebre está por pasar,
hay gente descalza que quiere mirar.
Dicen que murió un poeta sufrido,
de esos que andan, sin ser conocido.

De la esquina por la calle Bolívar,
cuatro ancianos, feos y encorvados,
giran el cuerpo de quien se ha ido.

El cortejo fúnebre se acerca
y una mujer pegada a su puerta,
mira con desprecio y dice sin recelo:
-sólo es un poeta, ni gente hay,
pobre poeta- y se echa a andar.

Razón tiene, pues al pobre difunto,
apenas acompañan cuatro ancianos y una mujer,
que vestida de negro y envuelta en llanto,
sigue al féretro regando flores, recogidas al amanecer.

-Es su madre – dice alguien de silueta moribunda
y se esconde junto a su hija: Juana “la muda”.

El cortejo fúnebre está pasando,
yo me acerco a la mujer que llora.
Tiene las manos frías y murmura:
mi hijo ha partido, mi vida se está acabando -.

No quiero preguntar quién era su hijo,
la mujer levanta la mirada
y reconozco que es mi madre desesperada,
la que un día con sus besos me bendijo.

El cortejo fúnebre se aleja,
parado y en silencio quedo;
viendo cómo mi cuerpo lacerado
se pierde tras aquella negra reja.

Es tiempo de volver a casa,
pasó el cuerpo del poeta difunto,
que predijo en su último escrito,
su cortejo fúnebre que pasa.

Setiembre – 2009  (Practicando a morir)

¿Mimo yo? NO

Caray… Dios mío, ¡qué hice! ¿Mimo yo?

 

Primeramente quiero pedir mil y un disculpas a todos los verdaderos mimos que hacen de este arte una verdadera profesión. Sí pues, tuve el atrevimiento y descaro de pintarme la cara, ojos y labios para aparentar ser uno de ellos. Hacer gestos inentendibles y lanzarme al escenario con camisa, chaleco y corbata roja.

El drama no fue sencillo, fue como buscar cinco pies al gato con botas.

 Y ahí estamos con Frida y Sonia (claro, ellas profesionales en esta materia).

“El Suicida” fue la interpretación que duró más de ocho minutos, todo un martirio para quien escribe, un calvario, una verdadera tragedia griega que me hizo convencer que para estas cosas es mejor contratar a un verdadero actor.

¿Mimo yo?

Al final, con algunos aplausos y rostros de alegría, culminó aquel movimiento dramático. Yo corrí al baño (felizmente estaba abierto) y por fin pude respirar con tranquilidad. No era un sueño, ni una simple actuación cotidiana. Miré por última vez mi rostro blanquecino, mis ojos delineados y lancé un gesto de alegría, paz y reconciliación con mi verdadero yo.

Sin duda, fue una linda experiencia, que de seguro jamás se repetirá. Eso me consuela enormemente.

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